Huele a carne humana chamuscada, un olor insoportable que penetra lentamente, arrastrándose entre mis narices como una serpiente que pretende no salir de mis pulmones para atormentarme el resto del día. El aroma de la soledad, el desamparo y la vulnerabilidad me envuelven mientras espero firme en una fila gigantesca de espectros en el Museo Franz Mayer para admirar la exposición del Word Press Photo 2018.
Bajo un intenso rayo del sol espero con mi compañera, paciente, la entrada. La fila es descomunal, una que no se acostumbra a ver en los museos, salvo contadas excepciones. Gente de todo tipo, a leguas se nota la diversidad social que inunda el gran patio del recinto que descansa tranquilamente a un costado de la Alameda Central, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.
Apenas alcanzamos la entrada al lugar y los pies ya reclamaban un justo descanso, pero mi mente no dejaba de pensar en el aroma que desprendía aquél hombre, ansiaba conocerlo, así que no nos detuvimos. Cruzamos el umbral, miro abajo, me tiemblan las manos ya sudadas por los nervios, tomo aire, miro a la izquierda y ahí las veo, 4 pequeñas flores heridas, a punto de marchitarse. De lejos se pueden ver las marcas de odio cubriéndolas, la tristeza en el nulo brillo de su piel y el aire inhumano con el que fueron lastimadas.
Avanzamos lentamente hasta encontrarnos al fantasma de aquél hombre. Cruzamos miradas, no podía dejar de ver aquella máscara ahumada que le cubría el rostro, el fuego bañaba su cuerpo y su piel brillaba tan fuertemente; sentí éramos los únicos en el lugar. Así, de pie, erguido firmemente y con el penetrante aroma a gasolina y piel chamuscada desprendiéndose de él, se desvanece poco a poco con el ligero susurro de miles de jóvenes venezolanos pidiendo paz para su país.
Camino cada vez más lento, cruzo entre cadáveres de mujeres y niños, madres desconsoladas llorando al charco de sangre que dejó el asesinato de sus hijos y cuerpos que jamás fueron reclamados. Se escuchan los lamentos de miles de fantasmas que vagan entre nosotros sin rumbo y añorando una vida llena de la paz y tranquilidad que el mundo, la sociedad, se negó a darles.
Mi compañera y yo salimos, apenas hubieron fuerzas para completar el recorrido de casi 2 horas que te lleva la exposición si te detienes a apreciar cada fotografía. La tarde se ha humedecido, parece que el cielo también siente lo que nuestras mentes; nos brinda el frío y el silencio perfecto para cerrar la tarde.
Las calles se han vaciado y las farolas comienzan a encenderse iluminando los pisos grisáceos de la Alameda Central. Nos despedimos del Franz Mayer y su exposición del World Press Photo 2018.


Deja un comentario