Llevo un par de años que dejé la casa de mis padres. Cuando me mudé, no me llevé todo. Había cosas que pensé que sería mejor dejar un tiempo para no complicar la mudanza. Dejé todos mis libros.
Hace poco menos de un mes traje la primera de tres grandes cajas. Cuando desempaqué y acomodé los libros en su nuevo estante, junto a los ejemplares que he comprado desde que me mudé, pensé: creo que no será suficiente.
No sé cuántos libros tengo, ni quisiera poner un número sobre esta entrada. Para algunos podrían ser muchos; para otros, algo insignificante.
Cuando llegó la segunda caja, me hice una pregunta distinta:
¿Cuántos libros tendré en unos veinte años?
¿Tendré espacio para guardarlos si sigo así?
Las cajas, el espacio y el ritmo
Mientras intentaba hacer espacio en el librero, encontré mi Kindle. Cuando lo compré (hace poco más de diez años al momento de escribir esta entrada) lo exprimía al máximo. Entonces me pregunté algo que no había considerado en mucho tiempo:
¿Por qué dejé de leer en él?
Mi ritmo de lectura nunca había estado tan bajo. Seguía comprando libros, pero terminaba uno de cada cuatro o cinco que adquiría. Leía uno o dos al año (si bien me iba).
Culpé al tiempo. La vida adulta muchas veces deja poco espacio. Entre la fotografía y mis proyectos digitales, pensé que era normal no leer tanto como me gustaría.
Volver a leer (sin ritual)
Cargué la batería de mi Kindle, compré un libro de Mikel Santiago (tal vez mi escritor contemporáneo favorito) y me di una oportunidad.
El resultado fue claro: leí más en los últimos tres días que en todo el semestre pasado.
Algo que había olvidado del lector electrónico es lo práctico. No es que tomar un libro físico requiera habilidades extraordinarias, pero un Kindle se puede leer antes de dormir, con una luz tan tenue que no moleste a tu pareja.
Puedes “cerrar el libro” en un segundo sin perder la página.
Puedes dedicarle diez minutos mientras tomas un café matutino con una mano y sostienes el lector con la otra.
Y en algunos dispositivos, ni siquiera importa si le cae un poco de agua.
No es mejor, es distinto
A riesgo de sonar a cliché: no es que el Kindle sea mejor que un libro físico. Es que no pretende serlo.
Son cosas distintas.
Como el aficionado a la música que lleva su servicio de streaming a todos lados, pero cuando está dispuesto a disfrutar del ritual saca su vinilo, prepara un buen café y se dispone a perderse una hora en el álbum, el lector electrónico permite devorar páginas en cualquier momento.
La experiencia es distinta, claro. No es lo mismo tener un bloque de páginas con textura, escuchar el sonido casi hipnótico de las hojas al pasar, sentir el peso del libro. Pero también es cierto algo que había olvidado:
La reflexión que no quería aceptar
Tal vez no dejé de leer porque no tuviera tiempo.
Tal vez dejé de leer porque esperaba el momento perfecto.
El sillón adecuado.
La luz correcta.
El silencio.
El ritual completo.
Y la vida adulta rara vez permite ese escenario.
El Kindle no reemplazó a mis libros físicos, pero me recordó algo importante: leer también puede ser fragmentario, imperfecto, cotidiano. Puede suceder entre pendientes, antes de dormir, en lapsos cortos.
Y quizá no se trata de elegir un formato, sino de entender en qué etapa estás.
Hoy, prefiero leer así a no leer nada.
Prefiero avanzar páginas a esperar condiciones ideales.
Prefiero adaptar la lectura a mi vida, no al revés.


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