Fachada del Coyote Shop en Ciudad Nezahualcóyotl durante una tarde lluviosa, con motocicletas estacionadas y su fundador al centro del local

Coyote Shop: una tarde de motos y cultura de la resistencia

El mensaje y la excusa perfecta

Carlo – Ese carnal… mañana abres el Coyote Shop.

Hernan – Qué onda carnal. Simón, acá estaremos. Festejaré dos años de Coyote a partir de las 15:00 h. Te espero. Traes tu cámara. Vendrá varia pandilla. Si puedes!!

Tenía un día libre y quería visitar el local de mi amigo Hernan Fuentes: Coyote Shop, en Ciudad Nezahualcóyotl. Un espacio donde conviven ropa de motociclismo, skate y una colección de objetos con historia que no necesariamente están en venta. Algunas cosas son mercancía; otras son reliquias del lugar.

Acordé llegar antes de la cita para hacer algunas fotos del local y ponernos al día con calma.

Llegar antes que la lluvia (y antes que todos)

Minutos antes de las 14:00 h estacioné mi vieja Harley Davidson frente al local, arriba de la acera, protegido apenas por el estrecho toldo del Coyote Shop. Había empezado a llover y Hernan aún no llegaba.

Junto a la entrada hay un muro de madera blanco cubierto de stickers: marcas, talleres, amigos motociclistas alrededor del logotipo de la tienda.

Arriba de la cortina metálica, una repisa improvisada: botellas vacías de licor, placas de automóviles viejas, una bota moc toe café, completamente gastada.

Nada está ahí por accidente.

Bota moc toe café desgastada
Pared de madera con stickers con una pintura de un coyote en patineta

Rock clásico y un santuario personal

No pasó mucho tiempo cuando Hernan llegó. Levantó la cortina, sacó su bocina y puso rock clásico. Sonaba Lynyrd Skynyrd mientras empezábamos a charlar.

Entre placas viejas, botes de aceite y figuras decorativas, nos pusimos al día. Hernan me habló del Coyote Shop sin necesidad de explicarlo demasiado: es evidente que el lugar funciona como un santuario. Cada objeto tiene su sitio, cada detalle parece cuidado con intención.

Nada está colocado para llenar espacio.

Siro, Ciudad Neza y las historias que no se escriben

Mientras sonaba The Doors (tal vez Love Me Two Times o Light My Fire) llegó un hombre de barba blanca y larga. Era Siro, el tío de Hernan.

Con una cerveza en la mano, empezó a contarnos cómo era Ciudad Nezahualcóyotl hace unos 40 años.

Hombre con una larga barba blanca con una bandera de Estados Unidos de fondo

Desde aquí se alcanzaba a ver Zaragoza…

Siro

Esa avenida está a casi dos kilómetros del lugar en el que estábamos, ahora bloqueada por casas de dos y tres pisos. En ese entonces, el horizonte era otro.

La playlist cambió a Jimi Hendrix cuando Siro contó cómo cayó desde el campanario de una iglesia.

Serían como tres pisos… el último escalón giraba, estaba flojo. Al subir lo brincabas, pero al bajar se me olvidó. Caí de cabeza. Desde entonces me decían “El siete vidas”.

Siro

Luego habló de su trabajo en una fábrica, de un accidente con una placa de metal de tres metros, de una cicatriz de unos diez centímetros. Terminó su cerveza de un trago… y se fue.

Hombre con larga barba blanca con una cicatriz en la mano sosteniendo una cerveza

Así, sin despedidas largas. Como si del término de un Acto se tratase.

Las motos llegan, la tarde cambia

Pasaron unos minutos y llegó la primera motocicleta: una Suzuki Savage 650, propiedad de Kristof Torres, y aún en proceso de construcción.

Motocicleta Suzuki Savage 650 negra Custom estilo bobber
Tapón de gasolina hecho a mano
Motociclista con tatuajes de motores en el brazo

Hernan empezó a preparar el carbón y la parrilla. Después llegó otra moto: una Sportster con suspensión springer, de Mad Bars Cult. Me acerqué a verla mientras me contaba cómo había llegado a sus manos y qué planes tenía para ella.

En estos encuentros rara vez se habla de otra cosa que no sean motocicletas. Y está bien así.

Motocicleta Harley Davidson Chopper con suspension springer color verde
Motociclistas saludándose
Casco de motociclista con stickers sobre una suspensión springer de una Harley Davidson Sportster
Motocicleta chopper vista desde arriba con posapies personalizados hechos a mano

Espacios que resisten

Mientras escuchaba las historias de Siro y veía llegar las motocicletas, pensé que estos lugares no sobreviven por moda ni por estrategia.

Resisten porque siguen siendo necesarios.

Porque todavía hay gente que prefiere reunirse, mirarse a los ojos y compartir una cerveza antes que pasar el tiempo viendo a otros divertirse en redes sociales.

Motociclistas sonriendo mientras encienden una parrilla para carne asada
Hombres saludándose
Hombres viendo una revista de motociclismo y skate
Motociclistas acelerando una motocicleta chopper

El faro, el motor y el cierre

La noche empezó a caer. La fiesta apenas comenzaba y seguían llegando motos, una tras otra. Yo tenía que irme.

Me despedí con calma, agradecí la invitación y caminé hacia mi moto. Estaba al inicio de la ya larga fila: la primera en llegar y la primera en partir.

Con la escasa luz del día, el faro iluminó la calle antes del rugido clásico de una Harley Davidson carburada. Esperé un momento a que calentara el motor… y partí.

Había pasado bastante tiempo desde el último evento de motociclismo al que asistí. Lo disfruté mucho.

Hablar de motores siempre es bueno, pero hacerlo con amigos, un par de cervezas y en un lugar lleno de objetos con historia (como el Coyote Shop) es mil veces mejor.

📍Ubicación de Coyote Shop.

Hombre de barba larga y oscura con una cerveza en la mano y lentes de sol
Hernan Fuentes, propietario de Coyote Shop