Una forma de volver a ser principiante
Esta semana abrí mi segunda bolsa de café de especialidad, una variedad llamada limaní, de proceso natural y fermentación controlada, con notas de uva, jazmín y almendras, de tueste claro-medio.
Antes de siquiera abrirla, estaba (casi) seguro de que no sería de mi agrado. Las notas no me parecían adecuadas para un café.
A mí me gusta el café con sabores intensos…
O al menos eso creí.
El anterior fue de variedad marsellesa, con notas de cacao, naranja y caramelo. En el paladar se sentía intenso, más cercano a lo que yo entendía como mi tipo de café.
Preparé el limaní en prensa francesa: 20 gramos de molido medio-grueso y 320 mililitros de agua.
Me encantó el sabor.
Aprender sin la intención de dominar
Llevo un par de semanas metido de lleno en el café de especialidad. Desde que decidí explorar este mundo, he estado absorbiendo información desde todos lados: blogs, perfiles de Instagram, TikTok y canales de YouTube.
Sin embargo, no busqué a los grandes gurús ni quise convertirme en experto. No me interesaba dominar el tema, solo aprender a prepararme un buen café.
Hace un par de días, mi esposa comentó algo sobre el café y, sin darme cuenta, estaba explicándole procesos, tostados, variedades y métodos de extracción.
Entonces me di cuenta: había aprendido más de lo que pensaba.
Empecé con la moka italiana, luego con la prensa francesa. Compré un molino, café de especialidad, una báscula, y con este pequeño equipo he probado distintas recetas a lo largo de 24 tazas (sí, las voy contando), al momento de escribir este texto.
No es una larga trayectoria jugando a ser barista: Roma no se construyó en un día.
Cuando el bloqueo no es falta de ideas, sino de aire
Coincidencia o no, desde que empecé con esta nueva afición, he escrito más.
Lo puedes comprobar en este blog.
Tal vez tenía un bloqueo creativo, pero no en el sentido dramático de “no saber qué decir”, sino algo más sutil:
las ideas estaban ahí, pero no sobrevivían.
Empezaba textos que nunca terminaba.
Releía párrafos que no me convencían.
Todo se diluía antes de tomar forma.
No era falta de creatividad, era exceso de rigidez.
La rutina, el trabajo, la repetición constante de los mismos temas y procesos habían endurecido mi forma de pensar. Escribes, pero desde la inercia. Creas, pero sin sorpresa.
Ahora:
- Las ideas fluyen mejor.
- Tengo más claridad sobre lo que quiero decir.
- Y, sobre todo, hay más confianza para desarrollar ensayos personales sin forzarlos.
Shoshin: la mente del principiante
Probablemente tú, como yo y la gran mayoría de creativos de medio tiempo, llevas una rutina muy estricta. La oficina ocupa gran parte del día y el trabajo se vuelve mecánico.
Eso vuelve rígida la creatividad.
Una forma de introducir un “virus positivo” en ese sistema operativo es aprender algo nuevo, por pequeño que sea.
Por eso empecé a escribir este texto: quería entender por qué adoptar la preparación del café como ritual me ayudó a desbloquear nuevamente mi creatividad.
Aquí aparece el concepto de shoshin (初心), una idea del budismo zen y de las artes marciales japonesas que significa “mente de principiante”.
“En la mente del principiante hay muchas posibilidades; en la del experto, pocas.”
Shunryu Suzuki
Tradicionalmente, el shoshin se aplica a lo que ya dominas: volver a mirar tu oficio como si fuera la primera vez. Pero es casi inevitable que aprender algo completamente nuevo te coloque, de forma natural, en ese estado.
Te vuelves torpe.
Cometes errores.
No sabes exactamente qué estás haciendo.
Y eso (aunque incómodo) es liberador.
El café como práctica, no como meta
Desde que tengo la edad suficiente he bebido café todos los días, pero no tenía idea de métodos, ratios, temperaturas ni procesos. Mucho menos sabía que el café no debería saber a quemado.
Empezar en el mundo del café de especialidad me enseñó a ser paciente otra vez. A reconectar con el mundo real: texturas, aromas, sabores.
Como fotógrafo, encontré nuevos escenarios que observar y fotografiar.
Mi instinto profesional (me dedico a los datos), se interesó en registrar datos, recetas y resultados en mi libreta.
Y en mi faceta de escritor (tal vez la más beneficiada) el músculo creativo volvió a moverse sin tanta resistencia.
El café de especialidad no se convirtió en un fin, sino en una práctica.
En mi entrenamiento shoshin.
Aprender algo nuevo como antídoto contra el cliché
Como creativo, uno de los mayores peligros es el cliché.
No solo repetir fórmulas, sino repetirte a ti mismo.
Vencerlo implica mirar desde nuevas perspectivas, explorar otros territorios y permitir que lo desconocido influya en lo que produces.
Aprender sobre lo que ya sabes puede convertirse en un círculo cerrado, un eco constante de las mismas ideas.
Aprender algo nuevo (aunque no tenga relación directa con tu oficio) abre ventanas.
Y a veces, eso es todo lo que necesitas para que vuelva a entrar aire fresco.
Empezar de nuevo
Hoy, preparar café no es solo una rutina matutina.
Es un recordatorio silencioso de que todavía puedo ser principiante.
De que no todo tiene que optimizarse, medirse o dominarse.
A veces, basta con aprender algo nuevo, hacerlo con atención y permitir que ese gesto pequeño se filtre, sin avisar, en todo lo demás.
Ahí, justo ahí, es donde la creatividad vuelve a respirar.


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