La primera vez
Con el tiempo, Jimi Hendrix suena diferente. Ahora entiendo la expresión “hace que la guitarra hable”. Y no solo eso: parece que tiene alma.
Escuché Little Wing por primera vez cuando tenía unos 16 años. “Debes escuchar a Hendrix, es el mejor guitarrista de todos los tiempos”.
Supongo que sí… aunque no me lo parecía. De hecho, me aburría un poco, pero había que escucharlo: es un clásico.
En ese tiempo ponía Electric Ladyland, que era el único álbum que tenía de Jimi. Lo escuchaba por “cuota”, pero nunca me atrapó.
Siempre que hablaba de rock con alguien, era casi inevitable que Buster saliera a la conversación (así le decían de niño). Casi siempre para alabarlo. Y casi siempre yo me unía a los halagos… por inercia.
El regreso
Muchos años después, ya con un trabajo de oficina y responsabilidades de adulto, volví a escucharlo y no sé qué pasó… pero fue como si ahora sí hablara el mismo idioma de Hendrix.
Tengo un ritual matutino nuevo: preparo café en mi AeroPress mientras repaso algún playlist de rock clásico. El día en que escribo esto, tocó el turno de Jimi.
Voodoo Child...
El silencio de una casa que aún duerme, interrumpido por ese intro de guitarra que revienta con la entrada de una batería simple pero perfecta, eriza la piel.
Lo que buscaba antes
Gran parte de mi adolescencia y juventud la pasé entre grupos de metal extremo: Cannibal Corpse, Vital Remains, Morbid Angel, Immortal, Mayhem…
Led Zeppelin, Deep Purple, Queen, Beatles… no tenían sentido para mí.
Con el tiempo la mentalidad cambia, las perspectivas se amplían y el criterio también. Comencé a apreciar cosas que antes no; y no solo hablo de música. También otros pequeños placeres tomaron un sentido distinto.
Mirar hacia atrás
Con el tiempo, uno tiene que detenerse a mirar todo el camino recorrido. Tal vez retroceder (no en el sentido negativo) para retomar cosas que en su momento parecían no tener utilidad, pero que hoy hacen todo el sentido y te hacen preguntarte: ¿cómo no lo vi antes?
Antes buscaba en la música un momento de catarsis, de euforia. Hoy, como el café que bebía mientras escuchaba esa Stratocaster «zurda» irrumpir en mi hogar, busco un refugio mental.
Y supongo que de eso se trata crecer: de escuchar distinto.


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